Un libro (no) es un libro

canvasPor Letra Salvaje.

Un libro (no) es un libro. Esta es, sin duda, una frase inquietante. Lo es, en parte, debido a los paréntesis, que son, de entre los signos ortográficos, los más ambiguos que conozco. Los signos ortográficos son a la literatura como las ínfulas a las personas, sólo que los paréntesis representan un gesto muy peculiar, del que las personas carecen, por el que algo oculto se muestra al mismo tiempo. Quizá lo más parecido que tenemos las personas sea el espacio que media entre la vista y la mirada, donde uno casi siempre puede encontrar buen material humano. Considero la mirada como el acto por el que podemos ver algo como algo, la capacidad por la que los objetos caen bajo una forma determinada de ver, llamémosla “interpretación”. Entonces, ¿qué vemos cuando miramos? Bueno, eso depende de nuestra capacidad para ver aspectos de un mismo objeto. Pongamos por caso, ¿qué vemos cuando miramos un libro? Ahora podría nombrar una serie de atributos como sus medidas, su color, su forma y su textura. Un libro sería para mí: prismático, marrón jaspeado, pesado, grueso y brillante. Puede haber quien diga que eso no es un libro y añada, como fundamental, el título, el autor, la editorial y el precio a mis consideraciones. Alguien podría incluso cuestionar en qué sentido digo que el libro es “brillante”, y reivindicar así esta polisemia como un acto de incorporar el contenido de sus páginas a la mirada sobre el libro. Nada me gustaría más. Acerco mi tacto al libro: vertical de 14 x 24 cm, tapa blanda glasofonada con solapas, papel blanco Old Mild de 90 gramos, maquetado a una columna con tipografía muy parecida a la Berkeley Old Style de 11 puntos, con márgenes generosos para anotaciones y un diseño muy sobrio para reforzar el número de páginas con una línea vertical en el margen inferior. Buena calidad en el cosido y encolado, ya que se trata de un ejemplar de 655 páginas que todavía no se ha deslomado (y lo utilizo a menudo, créanme). ¿Y bien? Asumo que puede que mi explicación constituya un fracaso ante ciertas expectativas sobre el significado de “contenido de sus páginas”. En concreto, sobre ciertas expectativas que ven un libro sólo como un conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen (RAE dixit) del que valoramos, por regla general, el autor, su contenido y su precio, aunque no siempre por este mismo orden. Entonces, quizá la pregunta se deba formular en otros términos. ¿Qué dejamos de ver cuando miramos un libro?

A esta pregunta, creo, intenta responder el reciente Llamamiento de los 451 por la constitución de un grupo de acción y de reflexión en torno a los oficios librescos. Léanlo. Si en su mirada hacia el libro logran apreciar, con una ligera angustia, la ausencia de diseñadores, impresores, traductores, maquetistas, correctores, distribuidores, libreros, repartidores, ilustradores, bibliotecarios, archivistas, difusores, editores y demás personas involucradas en el proceso de creación del libro, entonces súmense a lo leído, como ha hecho Letra Salvaje, y difundan la buena nueva de que un cambio de mirada es posible en el mundo del libro.

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